sábado, 10 de agosto de 2013

Palabras al Instituto Nacional en su 200 aniversario

Recuerdo mi primer año en el Instituto. Una de las primeras cosas que te dicen -solapadamente- es que es un colegio de élite: parte central de la intelligentsia del país se formó ahí, incluyendo presidentes, científicos, deportistas, escritores, artistas. Y a la vez, colocan las palabras de Camilo Henríquez: «El gran fin del Instituto es dar a la Patria ciudadanos que la defiendan, la dirijan, la hagan florecer y le den honor», como recalcando que ello proviene de una misión histórica. 

Hoy hay quienes dicen que eso debe terminar, ya que la mirada del Instituto, orientada a resultados, ha significado su deshumanización: el trato es hacia un número, no hacia una persona, se rompen los sueños de personas que no ingresarán a la universidad, se maltrata a las minorías y se privilegian estereotipos, competitividad y falta de valores.

Tal vez mi educación en el Instituto fue distinta, mal que mal, han pasado catorce años desde que entré ahí y nueve desde que salí. No tengo esa negatividad que algunos de los egresados de ahora tienen respecto del colegio, pero tampoco soy uno de esos jingoístas. Yo lo recuerdo más como una especie de bildungsroman, una novela de iniciación, donde cambiaron muchas cosas respecto de cómo enfrentar la vida.

Cada persona enfrenta su realidad del modo en que puede o quiere. Para mí, el colegio era un dato, no una lucha permanente. No era una competencia por la mejor nota, las mejores relaciones sociales o la revolución desde el aula. Tal vez podría haber aprendido lo mismo en otro sitio, o haber tenido mejores notas en otra parte, pero no hubiese encontrado a las mismas personas, por lo que el edificio y las salas eran el paisaje de fondo. Hablo de mis compañeros, de mis amigos, de quienes vivieron esas mismas experiencias. De mis maestros, Vilches, Neira, González, Beltrán, Henríquez, Contreras (los dos), Arancibia, Vega, Tejo, Rousseau, Alvarado.

Es erróneo valorar al Instituto únicamente como un colegio dedicado a formar masas de postulantes a la universidad, lo que, paradojalmente, subyace también en la crítica que se le hace al colegio por deshumanizado. Mirarlo únicamente bajo esa perspectiva es desconocer que como institución, está formado por un crisol de personas, por distintas visiones del mundo y de la vida. El Instituto podrá desaparecer como colegio de élite, pero será imposible que pierda esa singularidad.

Hoy la visión de Camilo Henríquez se mantiene, pero bajo una perspectiva equitativa. Es la educación -pública, gratuita y de calidad para todos, como preconizaba uno de los profesores del Instituto, Pedro Aguirre Cerda- la que debe forjar a nuestros líderes, científicos y artistas. Rebajar el concepto de colegio de élite. Pero ello jamás podrá borrar lo que realmente hace grande al Instituto Nacional: su gente.

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