Hoy hay quienes dicen que eso debe terminar, ya que
la mirada del Instituto, orientada a resultados, ha significado su
deshumanización: el trato es hacia un número, no hacia una persona, se rompen
los sueños de personas que no ingresarán a la universidad, se maltrata a las
minorías y se privilegian estereotipos, competitividad y falta de valores.
Tal vez mi educación en el Instituto fue distinta,
mal que mal, han pasado catorce años desde que entré ahí y nueve desde que salí.
No tengo esa negatividad que algunos de los egresados de ahora tienen respecto del
colegio, pero tampoco soy uno de esos jingoístas. Yo lo recuerdo más como una
especie de bildungsroman, una novela
de iniciación, donde cambiaron muchas cosas respecto de cómo enfrentar la vida.
Cada persona enfrenta su realidad del modo en que
puede o quiere. Para mí, el colegio era un dato, no una lucha permanente. No
era una competencia por la mejor nota, las mejores relaciones sociales o la
revolución desde el aula. Tal vez podría haber aprendido lo mismo en otro
sitio, o haber tenido mejores notas en otra parte, pero no hubiese encontrado a
las mismas personas, por lo que el edificio y las salas eran el paisaje de
fondo. Hablo de mis compañeros, de mis amigos, de quienes vivieron esas mismas
experiencias. De mis maestros, Vilches, Neira, González, Beltrán, Henríquez,
Contreras (los dos), Arancibia, Vega, Tejo, Rousseau, Alvarado.
Es erróneo valorar al Instituto únicamente como un
colegio dedicado a formar masas de postulantes a la universidad, lo que,
paradojalmente, subyace también en la crítica que se le hace al colegio por
deshumanizado. Mirarlo únicamente bajo esa perspectiva es desconocer que como
institución, está formado por un crisol de personas, por distintas visiones del
mundo y de la vida. El Instituto podrá desaparecer como colegio de élite, pero
será imposible que pierda esa singularidad.
Hoy la visión de Camilo Henríquez se mantiene, pero
bajo una perspectiva equitativa. Es la educación -pública, gratuita y de calidad
para todos, como preconizaba uno de los profesores del Instituto, Pedro Aguirre
Cerda- la que debe forjar a nuestros líderes, científicos y artistas. Rebajar
el concepto de colegio de élite. Pero ello jamás podrá borrar lo que realmente
hace grande al Instituto Nacional: su gente.
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