lunes, 5 de octubre de 2015

La perspectiva de Harry el Sucio

A principios de los '70, cuando a Clint Eastwood todavía le quedaba pelo, se estrenó una película llamada "Harry el Sucio" (Dirty Harry). Era el comienzo de la tradición del policía sin respeto a las reglas que veía su progreso en la investigación de un caso arruinada por la burocracia y el sistema judicial.

Por algún motivo, la idea que parece haberse instalado en la opinión pública, la prensa y algún sector del Congreso es la misma: las policías hacen su trabajo, pero los jueces, ideologizados con el garantismo penal, dejan libres a los detenidos, quienes vuelven a delinquir (la famosa "puerta giratoria"). Como la delincuencia es portada en la prensa, otorga votos y espacio en televisión, los órganos legislativos han incurrido en lo que se llama populismo penal: medidas efectistas, aumento descontrolado de las penas a los delitos de mayor connotación pública y apoyo a la institución con mayor popularidad, Carabineros.

Una de las medidas más absurdas a este respecto es la del denominado "control de identidad preventivo". Partamos por el nombre: el "preventivo" no es más que un mal eufemismo respecto del fondo; en realidad, disfraza la eliminación de los indicios necesarios para la realización de esta medida intrusiva, necesarios para su correcta aplicación. En la práctica, el control "preventivo" impone solapadamente la obligación de portar documentos de identidad, bajo sanción de detención. 

Por otra parte, quienes han propuesto el control de identidad preventivo no han reparado en dos aspectos esenciales: 
a) La amplitud que el propio control de tribunales ha dado al concepto de "indicios", presente en la norma respectiva -la idea es que no sea simplemente "olfato policial", es decir, una corazonada, lo que justifique el control. Estos indicios son, en general, hechos visibles; por ejemplo, se puede controlar la identidad de personas que van en un vehículo que fue identificado por terceros como participante en un delito, constituye indicio el que la persona pretenda evadir un simple control rutinario de tránsito, o se esconda o pretenda esconderse frente al paso de un radiopatrulla, etc.
b) El hecho que, a diferencia de lo que se sostiene públicamente, el control de identidad preventivo restringido no tendrá aplicación práctica, ya que además se autorizó a las policías a efectuar el control pleno "frente a un indicio de que la persona posee órdenes de detención pendientes", lo que es un sinsentido de proporciones considerando que un indicio de la existencia de una orden de detención no es algo que sea perceptible por el policía.

El control de identidad es, en sí mismo, un medio preventivo del delito, puesto que en presencia de un indicio de la comisión de un ilícito, autoriza al policía a solicitar los documentos de identidad de la persona, como también a registrar sus ropas y hasta su vehículo. Eliminar el indicio como limitante de la acción policial sólo redunda en dejar al arbitrio de un funcionario una posible privación de libertad, aunque sea de corto tiempo, aunado a una intromisión inaceptable en las libertades del individuo. 

Lo peor es que la evidencia apunta en la dirección contraria. A nivel macro, los jueces absuelven en casos muy limitados, otorgan regularmente la prisión preventiva cuando es solicitada y los plazos de condena han sido notablemente reducidos gracias al procedimiento penal moderno que rige en el país. El problema radica en una sensación de inseguridad que sí sube en las encuestas, a la vez que baja la victimización. A nivel directo, el control de identidad, ligado o desligado de la orden de detención, no tendrá efectividad alguna, ya que la eliminación de los parámetros para su aplicación, de suyo abiertos, no han impedido la proliferación de órdenes de detención pendientes; menos aún, es posible estimar su real impacto en la comisión de nuevos delitos. 

En la práctica, entonces, tendremos lo mismo que pasaba en la película Dirty Harry: un policía sin respeto a las reglas que, por perseguir delincuentes, terminaba torturando a uno en un campo de fútbol. Y perdiendo el caso por su propia culpa.