En mis tiempos de universidad, se me ocurrió preguntar cuáles eran los cinco mejores presidentes de nuestra vida republicana. Ello excluye directores supremos y dictadores de uno y otro signo. Es una tarea ingrata; en general, no podemos hablar muy bien de presidentes que se sentaron en la testera a discutir con sus congéneres y obviaron el desarrollo del país al punto de empobrecerlo, razón por la cual la tarea de elegir a los peores presidentes resulta igualmente difícil dada la cantidad de candidatos.
Lógicamente, es un punto en el que esperaba mucha divergencia, tal como sucede en Estados Unidos o en el Reino Unido, países en los que la lista varía según se le pregunte a la derecha o a la izquierda. No obstante, y probablemente por la ausencia de nombres disponibles, la lista rápidamente se redujo a unos pocos nombres: Pedro Aguirre Cerda, por darle énfasis a los procesos educativos como base del desarrollo y la creación de la CORFO; José Manuel Balmaceda, por enfrentarse a la oligarquía defendiendo las leyes laicas y pretender continuar el camino de industrialización que llevaba el país a la salida de la Guerra del Pacífico, a pesar de fracasar en lo segundo; el primer período de Arturo Alessandri, que llevó al término del seudoparlamentarismo que dañó permanentemente nuestra chance de desarrollo.
De ahí en más, el tema podría haberse puesto espeso. Sin embargo, y para mi sorpresa, apareció la figura de Patricio Aylwin. La mirada de hoy podrá asignarle muchos defectos: que apoyó en un principio el golpe, que gobernó de manera tan moderada que no se impusieron cambios en el sistema, que comenzó la alineación de la Concertación y los partidos opositores a las ideas matrices de la dictadura.
La verdad es que Aylwin, en alguna medida, está pagando por los errores de otros. En esta aseveración hay parte de contexto y parte de reflexión. Aylwin -y cualquier otra persona que hubiese llegado al poder en la época- se hubiese enfrentado directamente a los poderes que había dejado la dictadura en funcionamiento: Senado controlado a través de los designados, forzando a una democracia de acuerdos (tal vez por eso la nostalgia de cuanto personero de derecha han entrevistado en TV estos días), un Poder Judicial intervenido y aun con severas sospechas de corrupción (baste recordar el vergonzoso caso de Cereceda), Pinochet aún en la comandancia del Ejército y haciendo rabietas porque investigaban sus rapiñadas; organizaciones que habían sido fundadas para combatir a la dictadura seguían funcionando mediante el asalto a bancos y otras acciones violentas; un país que estaba saliendo de un "milagro económico" que lo había dejado con una inflación espantosa y una cifra de crecimiento magra. Sólo tras su gobierno vendrían las privatizaciones masivas, las concesiones, la falta de resolución acerca de las políticas públicas y la conciencia de estar legislando de acuerdo a ideas ajenas.
La gran ventaja de Aylwin, y que se ha reforzado en estos días en que se recuerda su figura, es la de haber navegado en esos cauces oscuros con una mano firme, permitiendo la consolidación de una coalición política diversa y haber resistido adecuadamente a las presiones institucionales existentes en ese momento. El gobierno de Aylwin fue muy exitoso en la medida en que, precisamente, operó bajo las instituciones que le habían legado, pero también en la medida en que aseguró la pervivencia de gobiernos que no siguieran la línea directa de la dictadura. En este sentido, Aylwin fue el primero en colocar un ladrillo en el muro que hoy separa -con más o menos boquetes- al pinochetismo duro de la derecha; del resto se encargarían la London Clinic, Baltasar Garzón y las causas por Derechos Humanos.
La época de Aylwin tiene hartas sombras y pocos claros. Pero en alguna medida ha definido lo que hoy somos y nos ha permitido gozar de cierta estabilidad democrática. Nuestro país le debe mucho, a pesar de todo, y como todo hombre público, su legado está sujeto a escrutinio, pero es más probable que esté dentro de los grandes nombres que entre aquellos que han sido olvidados o repudiados.
PS: Sobre el quinto, no hay acuerdo, pero salió entre Juan Antonio Ríos y, especialmente, Domingo Santa María, por cerrar la Guerra del Pacífico y las leyes laicas, comienzo de la discusión de la separación entre la iglesia católica y el Estado.
Los cinco más malos salen de Ramón Barros Luco, Juan Luis Sanfuentes, Pedro Montt, Federico Errázuriz Echaurren, Carlos Ibáñez del Campo (2º), Gabriel González Videla y Emiliano Figueroa. Todos con muchos méritos para estar ahí.